Cerrando puertas y abriéndonos al cambio

Cerrando puertas y abriéndonos al cambio

Cerrando puertas, armando rampas y cross check...

Cuántas veces he escuchado esta frase, durante los trece años en los que he trabajado como azafata de vuelo en cuatro compañías aéreas diferentes - dos de ellas ya no existen, por cierto -. Esto también me hace reflexionar sobre la impermanencia de las cosas y de las personas, sobre los cambios que se producen a lo largo del tiempo. Que se produzcan cambios es la única certeza que tenemos; lo que no cambia está muerto, literalmente.

Pero el ser humano, por alguna razón, se resiste a cambiar. Los cambios le dan miedo. Quizás sea por la falacia de la seguridad, porque a las personas nos gusta sentirnos seguras, protegidas... La incertidumbre es difícil de gestionar, porque no sabemos qué va a ocurrir y eso no nos suele gustar mucho, incluso si lo que está por venir es mucho mejor que lo que tenemos en este momento. Ya lo dijo Maslow en su momento, cuando creó su famosa Pirámide con las necesidades del ser humano en orden ascendente; no se puede subir un escalón de la pirámide de Maslow hasta que la necesidad del escalón de abajo esté cubierta. Por ejemplo, no puedes pensar en realizarte laboralmente hasta que tus necesidades de pertenencia (a la sociedad, a la familia, a un grupo), seguridad (tener una casa donde vivir y sentirte protegido) y alimento estén cubiertas. Pues bien, una de las necesidades básicas que propuso Maslow es la seguridad, o por lo menos sentirnos seguros, porque la seguridad en sí misma no existe, es una contradicción lógica, ¿cómo va a existir seguridad en un mundo donde todo es constantemente cambiante? Piénsalo con calma, la seguridad es una mentira que nos hemos inventado, una excusa para no cambiar y tener que tolerar la intolerable incertidumbre. A los seres humanos nos cuesta horrores salir de esa famosa zona de confort. A veces sacamos un pie, o la nariz, para oler a duras penas lo que hay allá afuera, pero luego nos volvemos a meter en nuestra cajita y nos quedamos ahí tan a gusto.

La cuestión es que sólo podemos crecer si salimos de esa zona de confort y aguantamos esa horrible sensación que nos da la incertidumbre. Porque dentro de la caja ya sabemos lo que hay, y eso que hay no va a ser eterno. Así que tenemos dos opciones; o nos armamos de valor y salimos de nuestra zona de confort por motu proprio, o nos quedamos dentro cómodamente esperando que llegue una hecatombe que haga moverse todos nuestros cimientos y nos obligue a salir. Esa hecatombe llegará tarde o temprano, y es mejor estar preparados para lo que pueda suceder. Al contrario de lo que la mayoría de la gente piensa, no tenemos control sobre casi nada.

El dolor tiene la capacidad de hacernos cambiar, de hacernos salir de nuestra zona de confort; es el resorte que utiliza la vida para hacernos cambiar cuando no queremos. Ocurre, por ejemplo, cuando nos despiden de un trabajo en el que nos sentíamos seguros y debemos buscar otro, o cuando nuestra amada pareja, con quien manteníamos una relación larga y duradera decide dejarnos. En cualquiera de estos casos sentimos un enorme dolor, porque creemos que se nos es arrebatado algo que creíamos tener y nos vemos expuestos a esa indeseable incertidumbre. Y eso no es nada agradable, duele mucho. De hecho pasamos por un duelo, por todas sus etapas (negación, tristeza, rabia y aceptación), hasta que finalmente nos recomponemos. Y sí, efectivamente, al pasar por esa experiencia ya no somos los mismos, hemos crecido, hemos cambiado. La vida tiene unas herramientas increíbles para hacernos cambiar, ¿verdad?

Si escogemos la primera opción y tomamos la decisión de salir de nuestra zona de confort por nosotros mismos, porque queremos algo mejor de lo que tenemos, porque nos merecemos tener la vida que hemos soñado o, por lo menos, intentarlo - que sólo se vive una vez-, el factor clave para hacerlo es cerrar metafóricamente las puertas que no nos llevan a donde queremos. Muchas veces, por ese miedo a la incertidumbre, por mantener esa falsa seguridad, no nos creemos capaces de cerrar algunas puertas. Pero la vida necesita que haya un hueco para poder colocar lo nuevo que tiene preparado para nosotros, y si seguimos aferrados a se trabajo que no nos gusta, ¿de qué manera vamos a sacar el tiempo y la energía para probar ese otro trabajo que nos apasiona? El universo detesta los espacios vacíos y tiende a llenarlos. Pero en el proceso hay que lidiar con la incertidumbre, no hay otra manera de hacerlo.

Así que desde aquí te animo a cerrar esas puertas que ya llevan demasiado tiempo abiertas en tu vida... Sí, tú sabes perfectamente cuáles son. Y si el miedo te paraliza, busca la manera de entornarlas un poco mientras abres poco a poco otra puerta nueva, y cuando menos te lo esperes te encontrarás pegando un buen portazo y preguntándote por qué no lo habías hecho antes. Recuerda que tu vida es sólo tuya; dirígela hacia el destino que tú decidas.

¡Feliz fin de semana!

Comments ( 4 )

  • Roberto Alonso

    Totalmente de acuerdo en el 90% de tu post.
    Besos.

    • Hola Roberto, muchas gracias por tu comentario. Me has abierto la curiosidad con ese 90% con el que estás de acuerdo y me preguntaba cuál es el 10% con el que no lo estás. Te invito, si quieres, a aportar más información. Un abrazo.

  • Carlota

    Comentario me encanta! Me siento tan tan identificada con todo lo que expones que es así, tal cual… en fin Eva enhorabuena de nuevo por que me ayudas cada día a aprender más sobre mi y sobre todas las cosas lógicas y cotidianas que tiene este viaje de mi vida… y sobre grado cada día al destino por haberte puesto ahi… delante de mi y dentro de mi historia. Te quiero

    • Me emocionas, Carlota… Yo también te quiero un montón 😉

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