La importancia del dolor emocional

La importancia del dolor emocional

El dolor está bastante mal visto en nuestra sociedad y tendemos a evitarlo a toda costa. Lo interpretamos como algo malo, algo desagradable que no nos gusta sentir, y queremos eliminarlo lo antes posible para volver a sentirnos bien, aunque pocas veces nos planteamos por qué estamos sintiendo ese dolor, para qué sirve el dolor y qué beneficios nos aporta. ¿Crees que es una locura lo que estoy diciendo? Entonces sigue leyendo…

A pesar de que este post está dedicado especialmente al dolor emocional, voy a hacer un pequeño inciso sobre el dolor físico y su utilidad. ¿Para qué sirve sentir dolor? Evidentemente es la forma que tiene nuestro cuerpo de indicarnos que algo no va bien; es una señal de aviso para que te detengas, prestes atención y tomes acciones para solucionar lo que no está funcionando. Se puede tratar de muchas cosas, pero el dolor físico te muestra exactamente dónde reside el problema. Es bastante evidente, pero si te duele una muela, el problema está en la muela; si te duele el estómago significa que el problema reside evidentemente en el estómago (probablemente hayas comido algo que te ha sentado mal, tienes acidez o quizás una úlcera). Si te acercas demasiado a la estufa y te quemas, el dolor que sientes en la parte del cuerpo donde te estás quemando te indica que está ocurriendo algo malo, y al hacerte consciente, te alejas de la estufa y dejas de quemarte. El cuerpo humano está muy bien diseñado y el concepto es muy sencillo de entender: sientes dolor físico en la parte del cuerpo donde hay algo que no va bien, y su finalidad es hacerte consciente de ello y que soluciones el problema lo antes posible. Y mientras lo solucionas, siendo consciente, igual te tomas un analgésico para pasar el trance con menos sufrimiento.

Respecto al dolor emocional también nos indica que algo no va bien, que algo nos hace daño en el alma, digamos, o en el corazón. Pero no en el físico sino en el corazón emocional. Y ese dolor, ¿cómo se cura? Evidentemente no podemos tomar analgésicos para el dolor emocional, aunque a veces nos ponemos muy tristes y nos pueden diagnosticar una depresión y medicarnos con antidepresivos. Pero el dolor emocional es fabuloso, en serio. Se pasa fatal, sumamente mal, y cuando lo sientes quieres desaparecer o, como en mi caso, irte a dormir y despertar cuando todo vuelva a estar bien. Pero de verdad que es positivo para ti.

Y tú te preguntarás qué tiene de fabuloso sufrir, si es que se pasa tan mal que a veces es insoportable, que te pones a llorar cada dos minutos y no puedes parar, que se te hinchan los ojos y, si eres mujer, se te corre el maquillaje (si estás maquillada, claro). Pues lo que tiene de bueno es que supone un atajo para aprender una lección de la vida que te va a transformar. Cuando ese dolor pase te habrás convertido en una persona diferente, en una persona mejor, más evolucionada. Habrás establecido un nuevo límite personal que te servirá para el resto de tu vida. Por ejemplo, pongamos que te enamoras de un mentiroso compulsivo, pero que tú no te das cuenta (o no te quieres dar cuenta) porque eres un poco ingenua, crees en la bondad de la gente y tampoco tienes motivos para desconfiar de él. Esa historia tiene mala pinta, probablemente acabe mal; es posible que él sea infiel, o tenga otra segunda familia escondida por ahí o que se apropie de tus ahorros, te deje arruinada y te abandone. Puede ser cualquier cosa dependiendo de la naturaleza de ese hombre y del estado de sus finanzas, pero está claro que las mentiras no pueden taparse para siempre y esas historias tienen un final que no suele ser feliz. Bueno, pues en ese momento, cuando ocurre lo que sea que ocurra en esa historia (te invito a usar tu imaginación), acabas hecha polvo y sintiéndote muy avergonzada y tonta por haber confiado ciegamente en una persona que no se lo merecía. Habrá habido señales previas y seguro que alguna de tus amigas te advirtió de que él no era trigo limpio, pero preferiste no escuchar. Es una dura lección, un dolor emocional brutal que te deja exhausta, pero cuando te recuperes (y de ese dolor una siempre se recupera, antes o después) habrás aprendido “por las malas” a no confiar en las personas de buenas a primeras, aprenderás a protegerte, aprenderás a no dar con tanta ligereza hasta no recibir primero, y serás una persona diferente.

Por supuesto que “por las buenas” también se aprenden cosas, pero mucho más lentamente. Yo lo compararía a bajar de una montaña empinada; puedes bajar caminando tranquilamente y tardar tres horas, o puedes bajar rodando por la pendiente, haciéndote mucho daño y tardar sólo diez minutos. Al final habrás bajado de la montaña, pero con dolor es más rápido, ¿verdad?

Bueno, bromas aparte, con este post quiero hacerte reflexionar sobre el enorme poder de transformación que tiene el dolor emocional y aconsejarte que, cuando lo sientas, decidas conscientemente sentirlo y aprender la lección que hay escondida en él. Siempre hay un tesoro escondido, como al final de un arco iris. Y el peligro de ignorar o evitar ese dolor emocional, por miedo a sufrir, puede suponer un enquistamiento de tus emociones y que éstas no fluyan porque quieras “hacerte el fuerte” ante los ojos ajenos. En ese caso, si decides enterrar el dolor y no sentirlo, me temo que nunca te curarás del todo ni aprenderás la lección. Aprovecha el poder transformacional del dolor; llora, patalea, enciérrate en una habitación si es necesario o si te da vergüenza llorar en público, pero ésa será la única manera de superarlo y aprender.

Recuerda que de todo se sale, por muy mal que lo estés pasando en este momento. Sólo necesitas voluntad de superación y repetirte a ti mismo que lo que no te mata, te hace más fuerte. ¡Feliz fin de semana!

Comment ( 1 )

  • Arturo Kortazar Azpilikueta Martikorena

    La fortaleza no la conseguimos con la acumulación de los años, porque nuestra capacidad de aguante va disminuyendo con el tiempo, no soportamos igual los sufrimientos y las penas, y como los padecimientos son inevitables para todo el mundo, de las cosas malas nadie está libre, un pequeño contratiempo en la madurez puede hacernos tambalear y venirnos a bajo, lo mismo que una gran tragedia de cuando éramos más jóvenes, y es como si fuera la gota que hiciera rebosar el vaso. Ya no soportamos igual, la falsedad, la mentira, el desengaño, y preferimos vivir mejor con nosotros mismos…

    El dolor se hace más soportable cuando se comparte, de ahí que el peor dolor es el que no se cuenta, aunque el propio dolor generalmente a nadie le importa, a nadie le viene a cuenta. Porque el dolor es como una bomba de relojería que tenemos adosada a nuestra alma, y nunca sabemos cuando le da por estallar. Te puede surgir en cualquier momento. Así que ante la mayor desgracia, la solución es desapegarse de todo aquello que nos puede quitar la energía y las ganas de vivir. Lo único bueno del dolor, es que te lleva a querer encontrar el por qué de las cosas, además que tiene fecha de caducidad como los yogures, y al igual que empieza… siempre termina.

    Cuando el dolor que se sufre es muy fuerte, tanto que no se puede aguantar, no hay tristeza solamente, sino además ira, trastorno y desesperación. Por eso la desesperación es una forma de negar la realidad, cuando asumirla supone aceptar un dolor insoportable. Y el cuerpo se rebela, se niega a aceptar la verdad, y entonces el sentimiento sale con furia, y la desesperación se rebela contra la posibilidad de la existencia de un consuelo. Aunque el dolor sea egoísta, porque el que lo tiene solo piensa en el suyo, también es un privilegio de los vivos, de los que tienen emociones.

    En el dolor más profundo, podemos tener consuelo si en la tristeza nos dan un alivio al deshago, algo a lo que aferrarnos. La esencia última del dolor, que no es otra cosa que la rotura que ocasiona la impasibilidad de la carne a la mente, es decir hacia uno mismo. Por lo que el dolor que es compartido genera conmiseración ajena, y a su vez intimidad de la nada, que si no fuera por ello no surgiría nunca una relación más profunda.

    El dolor tiene como causa una emoción negativa, que está ligada a una situación mala que no aceptas y que vives con ella, provocándote sufrimiento, y que puede ser razonado con un pensamiento. Por eso el dolor tiene un fin, porque vale para marcarnos que algo no va bien y nos indica un problema, que en consecuencia debe ser solucionado. Todos los dolores pueden ser mejor soportado si escribimos sobre ellos, y los convertimos en una historia que se pueda leer por los demás. No te aflijas por tus males porque todo después de pasado un tiempo deja de importar y de doler… Entonces si tus males no tienen remedio, para qué te afliges, y si tienen solución como más razón no debes afligirte.

    A cierta edad, cuando llegas a la madurez, etapa entre los 50 y 70 años, ya no tienes el mismo aguante y paciencia con lo malo que te pasa, porque ya no deseas soportar ciertas cosas y determinadas personas por miedo a perder lo que tienes o verte en la soledad, valoras más la tranquilidad, la paz y la buena compañía. Ya no necesitas mostrarte como alguien bueno para venderte a los demás, para ser aceptado, no te haces ilusiones vanas, para lograr que te quieran, simplemente vives contigo mismo tal y como eres, y ya no vas detrás de nadie que no te quiere aunque puedas quererle, porque detestas la deslealtad, la ingratitud y la traición… Ya no soportas igual que de joven la mentira, la falsedad, la hipocresía, la inmoralidad, la vanidad ajena, y los halagos baratos, te dan asco los pedantes, lo que van dándoselas de mejores que los demás y mostrando sus conocimientos sin ton ni son, aborreces la jactancia y la soberbia. Ni toleras mucho menos, las discusiones, las manipulaciones, los conflictos y las provocaciones, únicamente te apetece vivir con autenticidad y naturalidad, es decir, con gente que te quiera por ti mismo, aunque no des con ella, sin adornos ni frivolidades.

    ARTURO KORTAZAR AZPILIKUETA MARTIKORENA ©

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